“Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven!”, Lucas 10,23.
Jesús hace una pausa, “con el júbilo del Espíritu Santo”, entona algo hermoso que corresponde meditar, aceptar de forma profunda y sincera, “Te alabo, Padre, Señor de cielo y tierra”, es la representación máxima de un Hijo que muestra amor por su Padre, que lo identifica como tal y que anuncia de manera abierta quién es el Hijo y el Padre, y cuáles han sido las asignaciones que le ha hecho.
Costará mucho que podamos meditar este anuncio?, Jesús demostró una franca correspondencia a cada petición que le hiciera su Padre, y hoy desea que todos podamos corresponderle a ÉL, así como lo hizo ÉL con su Padre. No crees que podamos lograrlo?, cómo hacerlo de manera eficiente?
Hermanos, cuando analizamos el modelo que el Padre ha enviado con su Hijo, nos toca ver cada momento por donde pasaba, era una enseñanza que dejaba, una marca muy personal que debemos identificar y promover en nuestras vidas. Abrazó a cuanto enfermo y pobre que encontró en los caminos, tuvo palabras de aliento para todo el que sentía que había perdido todo, pudo aliviar penas y hambrunas a punta de una fe que sale de su corazón profundo, que no se dejó amedrentar por los momentos difíciles que pudo pasar, no obstante, cuando vemos a nuestro Salvador camino a la Cruz, hay algo que nos deja perplejos, que nos atormenta y duele, ver que el Hijo del Hombre, del Padre Santo, lastimado, humillado, era el designio del Padre, era la forma sincera y honesta de representar a ese Hijo Divino, Engendrado, nacido del Vientre de una Sierva Divina, ahora Madre de toda la humanidad, como un ser más, igual a nosotros, con sus dos naturalezas, Divina y Humana, sintiendo igual a todos, para luego sobreponerse por mandato y obra del Padre en una resurrección que es la vida que se nos ha ofrecido, y que hoy día representa la Salvación del cual es objeto la humanidad, detalle que nos corresponde luchar para disfrutarla.
Actuar como Jesús es la nota que nos toca copiar, Él siempre quiso agradar al Padre, nos corresponde agradarle a Él ahora, en todo lo que hagamos, y ese todo implica dejar a un lado esa tontería que muchos hacen cada vez que alguien enfermo, mendigo, o quien sea distinto a tu clase social, llega y se sienta a tu lado en el Templo o cualquier sitio, la reacción es salir huyendo, “sientes que te ensucias con esa persona”, cuando en realidad no nos estamos dando cuenta que probablemente estamos rechazando a Jesús. Cuando nos toca la parte dura de la vida, quedamos gritando a los cuatro vientos: por qué me has olvidado, por qué me rechazas?, cuando en realidad fuiste tú quien lo rechazó!, recapacita y piensa. Todo hermano que llegue a pedirte un apoyo, ábrele tu corazón, no tu boca amarga para lanzar improperios, o querer ridiculizar, actúa como Jesús, “escucha, medita, piensa lo que el Señor desea que digas, deja que el Espíritu hable desde tu corazón”, seguro esa persona quedará liberada rápidamente de sus dificultades, así funciona el Señor, así funciona el Hijo, y el Espíritu Santo, llénate de Él, no de soberbias y malos gestos.
El domingo comenzó una de las fechas más alegres de nuestra vida en Cristo, “El Adviento”. Qué entendemos con esta palabra grande de nuestra celebración en curso?. Voy a inventar un poco, a usar mi imaginación, cuando veo la palabra Ad, denoto como algo enorme que se suma y viento, propio de la creación del Padre, síntoma de vida, de purificación, de respirar. Es sentir como el gran impulso de algo grande que viene, que ofrece un gozo, una experiencia sin igual. En fin, su palabra traducida es “La Venida del Redentor”, y que constituye el primer período del año litúrgico, en la que todos estamos invitados a una preparación espiritual para la Celebración del Nacimiento del Niño Jesús. La duración es de 22 a 28 días, divididos en cuatro domingos, en los cuales nos mantenemos en oración, en reflexión profunda, en espera vigilante, es decir con la esperanza y en vigilia de un gran regalo, es tiempo de arrepentimientos, de perdón y de alegría.
Lo iniciamos con la Corona de Aviento, en la cual instalamos cuatro velas que mantienen un significado profundo. Cada vela se la asigna una virtud que debemos mejorar en cada semana que transcurre, por ejemplo, la primera, la morada: el amor, la segunda, roja, la paz, la tercera, rosada, la tolerancia, la cuarta, la blanca, la fe!. Estás dispuesto a mejorar en estas cuatro semanas?, si la respuesta es sí, por qué no hacerlo el resto de los meses y de la vida?, Piensa y actúa como Jesús!
“Enderécense y levanten la cabeza, porque ha llegado el día de su liberación”, Lc, 21,28
Eric
Ing. Eric J. Franco B.
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